El perfeccionismo es uno de
los hábitos más improductivos que conozco, y aunque goza de cierta buena prensa
en algunos sectores como el empresarial al relacionarse con la meticulosidad, con
el trabajo bien hecho y con el éxito, puede llegar a amargarte la existencia. Se
piensa de forma errónea que querer hacer las cosas siempre lo mejor posible nos
lleva a obtener los mejores resultados…, y esto no es exactamente así, pues no
es lo mismo ser exigente que ser perfeccionista.
Una persona exigente se
plantea objetivos elevados pero alcanzables y sabe cuando tiene que parar.
Mientras que un perfeccionista nunca
tiene bastante, nunca le parece que
su trabajo esté lo suficientemente bien hecho, por lo que no acaba sus tareas pues
nunca le parece que estén del todo bien.
La procrastinación (la
tendencia a posponer constantemente una tarea) es consecuencia directa del
perfeccionismo. Por eso, contrariamente a lo que se cree, el perfeccionismo es
un gran enemigo de la productividad.
Las características
principales del estilo perfeccionista son: 1) establecer objetivos inalcanzables, tanto para uno mismo como para los demás, 2) la tendencia a
usar pensamientos absolutos, del tipo “todo
o nada” cuando se evalúan las propias acciones, es decir, o está perfecto o
no vale; lo que lleva a considerar como fracaso todo lo que no supere unos
elevados niveles de exigencia, no realistas, y 3) fijarse sólo en
los pequeños errores en lugar de fijarse en los progresos.
De manera que el
perfeccionista es una persona atormentada por la sensación de fracaso y llena
de ansiedad por no poder cumplir con lo que se propone. Este estilo puede darse
en una o dos áreas de la vida de una persona, o puede dominar toda su
existencia.
La buena noticia es nadie está condenado a ser
perfeccionista toda su vida. Se puede rebajar el nivel de perfeccionismo si se
sabe cómo.
Para ello lo primero será relativizar el hecho
de cometer errores. El perfeccionista busca la perfección, por eso vive
cada error como un tremendo fracaso que le paraliza. Pero ha de aprender a
equivocarse para comprobar que no pasa nada, que nadie es perfecto. Tiene que desdramatizar
el error. Un buen recurso es utilizar las palabras mágicas: “no es para tanto”.
Al perfeccionista le gusta
obtener lo mejor y no va a conformarse con otra cosa, y eso está muy bien, pero
lo mejor no es lo perfecto, porque lo perfecto no existe. Así que tiene que
aprender a fijarse objetivos realistas y alcanzables que rebajen el nivel irreal de sus expectativas. Y para
conseguir llegar a los objetivos propuestos lo más práctico será establecer
de antemano el resultado que se considera aceptable para poder concluir la tarea. Al menos así se
garantiza que la acabará, hecho que reforzará su autoestima. Para conseguirlo, lo
siguiente será ponerle un tope de tiempo a la realización de esas
tareas, para poder terminarlas aunque
no estén del todo a su gusto.
Cuando el
problema consiste en querer abarcarlo todo, que nada se escape…, lo mejor será aprender a
renunciar a algunas cosas, así se
aprende a tolerar la sensación de ansiedad que genera dejar cosas fuera. Para
eso, propongo elaborar una lista de las cosas que se quieran abarcar y tan pronto esté terminada, reducirla en un 20%. Por
ejemplo, si se han puesto diez tareas, quitar dos por sistema.
Contrariamente
a lo que se piensa, esta estrategia reduce notablemente el nivel de ansiedad,
pues se trata de aprender a tolerar esa sensación exponiéndose a ello y comprobando
que no pasa nada por no cumplir con todo lo previsto de forma inflexible. Es
mejor hacer menos pero cumplirlo, que tener la sensación de que nunca se llega a todo lo establecido.
Finalmente,
propongo eliminar del discurso los “peros”. El
perfeccionista siempre pone un “pero” a las cosas que hace. Su expresión
preferida es “está bien, pero…” Se
trata de aprender a conformarse con lo que se ha hecho, no buscar lo que falta,
y simplemente disfrutarlo. Ya no vale decir “Sí,
me salió bien la presentación, pero me faltó un poco de tiempo al final”.
Ahora
sólo te queda practicar…
